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miércoles, 4 de noviembre de 2015

Cuando te has dado cuenta de que no tienes ni idea de dirigir personas

Estimado amigo,

Según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), se denomina idiota a las personas que son engreídas sin fundamento para ello y a los tontos carentes de voluntad para el entendimiento. Con ello no estoy diciendo que tú lo seas, sino ponerte en el contexto adecuado para entender mis palabras. Estoy seguro de que reaccionarás con ira, desdén o incluso indiferencia, y nada sería reprochable sino fuera porque seguirás sin darte cuenta de que por muchas habilidades que tengas (que las tienes) por muchos conocimientos que hayas acumulado (que ahí están) tu actitud es la que rompe la baraja para crear durante años una situación de desesperanza y hastío a todos cuantos te rodean.




Les entiendo. Y he tardado, no te creas. Incluso al principio me fascinó tu capacidad de trabajo, y pensaba que tus formas agresivas, tu hiper exigencia estaba siendo un reto endurecedor, capaz de llevarme a ser mucho mejor de lo que era, a convertirme en un profesional a prueba de fracasos y con la mirada puesta en lograr éxitos para la empresa.
Pero llega un punto en que, a todos nos pasa contigo, te das cuenta de que pasa el tiempo y comienzas a ser bastante peor de lo que eras. Abres los ojos a un liderazgo, el tuyo, soberbio, incapaz de distinguir las actitudes de las competencias, que valoras por igual al listo que al necio, que aplicas la misma vara de medir para pedir un café o examinar un balance.

De pronto tu discurso de llena de frases que hacen bajar la cabeza a quienes te rodean.
Seguramente en otra empresa te habrían despedido por ello, pero ya has creído que todas las empresas son como la tuya, querido amigo. Con esa bilis cargada de gestos arcaicos y autoritarios, de opiniones arbitrarias y dichas con tal contundencia que nadie es capaz de rebatirlas. En cualquier empresa seria, un CEO que diga “solo yo tengo la visión que esta empresa requiere” después de años en el cargo hubiera sido defenestrado por inútil, por incapaz de transmitir su visión a quienes han optado por mirar por otro lado.
Por supuesto, tienes tus acólitos. Personas que se han ‘institucionalizado’ y resignadas cumplen con su trabajo porque, por alguna razón, han hecho callo en su ánimo. Pero la mayoría te temen, pasan delante de tu despacho con prisa, y si cruzan el dintel cruzan también los dedos para que a la salida no salgan con el rabo entre las piernas.
Como directivo ganas dinero, y lo haces ganar a tu empresa. No lo dudo. Pero a qué precio, madre mía. Todavía no te has dado cuenta de que realmente lo estás perdiendo, porque estás dejando de ganar miles, millones de euros que estarían al alcance de tu mano si tu equipo (si se puede llamar así) tuviera la mitad de la motivación que les robas sin pudor cada día

Tus gritos, tus broncas absurdas hacen que los demás se sientan como niños cuando el más pequeño eres tú. Pequeño en ver que la dimensión humana vive en el presente, uno desolador que no entiende de tu exigua trayectoria o tus éxitos pasados. Una dimensión de motivación y compromiso que se aleja de ti con tus sentencias épicas que darían para libros enteros de incompetencia y desprecio. “Estoy rodeado de inútiles” (tu responsabilidad), “tú a mí me tienes que dar la solución” (empleados como despachadores, no como miembros de un equipo), “No vuelvas a entrar a mi despacho para esto” (la amenaza como motivación, un gran plan).

Lo más divertido fue, sin embargo, oírte decir, en varias ocasiones “yo soy un gran profesional”. Autodenominarse así ya es un síntoma de que no sabes nada de las personas. Me quedé de piedra cuando vi que anotabas todas las cosas que decían los demás, los agravios, los errores para luego poder echárselos en cara en esas evaluaciones tan repletas de números como carentes de criterios objetivos. Eso es el corazón de tu desdén, amigo mío. Que diriges a las personas a través de sus errores, de sus debilidades, y como siempre van a cometerlos, el círculo de rabia, rencor y frustración se hace cada vez más potente y te aleja del mundo real.
Pero aún hay solución. No te indignes, no te tomes estas palabras como una afrenta sino como una señal (otra más). Hay una lectura positiva. Y es que puedes cambiar. Porque tienes las competencias para ser un gran directivo.

Te costará algunos años, y vas a tener que aprender la humildad de los grandes, aquellos que hicieron legión con sus equipos. Que no eran perfectos pero no dejaron que los demás cayeran como moscas a su alrededor. Que entendieron el espíritu humano como algo que hay que abrazar, que mimar para que salga lo mejor de sí mismo. Y no, no es dar palmaditas en la espalda que te veo venir. Es tratar de que tu irritante protagonismo se convierta en el apoyo que esperan, y no en la bronca que les acecha. Olvídate de la historia, y de lo que has hecho los últimos 5, 10 o 30 años. Olvídate de tus antecesores, ellos ya demostraron lo que sabían hacer o no. Tienes una oportunidad más, o quizás dos antes de que el mundo te desdeñe más allá de tu torre de marfil

Si has llegado hasta aquí, y has puesto nombre y apellidos a todo esto, no te quedes en el “efectivamente, es un ogro”. No, el auténtico líder se examina a sí mismo. Y en ese examen siempre hay una pregunta que nace, si se hace honestamente. ¿Qué puedo hacer yo para que esta situación cambie? Y tú mismo eres la respuesta.


FUENTE: Miguel Ángel Pérez Laguna - HH.RR Expert. Talent Management. HR Business Partner.Recruitment 2.0. Training. Employer Branding - liderandotalento.com

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